Hay una forma de violencia que hoy está muy bien vista.
No grita.
No insulta.
No amenaza.
Habla de valores.
Del bien común.
De conciencia.
De lo correcto.
Y precisamente por eso pasa desapercibida.
La vemos cada día en empresas, en redes y en liderazgo “humanista”.
Personas que, desde una supuesta superioridad moral, se sienten legitimadas para corregir al otro.
No preguntan.
No escuchan.
No se responsabilizan de su propio malestar.
Juzgan.
El mecanismo es siempre el mismo:
“Yo sé lo que está bien”
“Yo actúo con conciencia”
“Si tú no haces lo mismo, estás mal”
Eso no es ética.
Es agresión moralizada.
Porque cuando alguien entra en relación desde ahí, no busca cuidar nada.
Busca colocarse por encima.
Busca fabricar un culpable que calme su propia incomodidad interna.
En empresa esto es especialmente peligroso.
Muchos líderes confunden “liderar con valores” con imponer una moral.
Y cuando eso ocurre, pasan cosas muy concretas:
- Los equipos se defienden
- Aparece cinismo
- La responsabilidad real desaparece
- El conflicto se desplaza al cuerpo y al desgaste emocional
El mensaje explícito parece sano.
El efecto real es tóxico.
Hay una diferencia fundamental que conviene no perder de vista:
La ética responsabiliza al sujeto.
La moral lo juzga.
La ética empieza por uno mismo.
La moral siempre empieza por el otro.
Cuando alguien necesita corregirte para sentirse bien consigo mismo, no está cuidando el sistema.
Está descargando su falta.
Y aquí está la clave que solemos pasar por alto:
No todo el que habla de conciencia actúa desde ella.
Y no todo el que incomoda está siendo agresivo.
A veces, el verdadero acto ético es no entrar en el juego, no aceptar el lugar de culpable,
no devolver la agresión, y no sostener una escena que no nos pertenece.
Porque hay conflictos que no vienen a resolverse, sino a mostrar desde dónde está hablando cada uno.
Y cuando uno deja de girar alrededor de la moral del otro, el discurso cae solo.

