Hay textos que funcionan muy bien en redes sociales.
Hablan de empresas tóxicas, jefes abusivos, entornos que desgastan.
Y no es casualidad: mucha gente se identifica.
Se identifica porque hay sufrimiento real.
Porque hay abuso.
Porque hay desgaste emocional.
Pero también porque ese tipo de discurso ofrece algo más sutil:
👉 un culpable claro
👉 y la promesa implícita de que alguien debería venir a arreglarlo
Ahí es donde el mensaje engancha.
No porque sea falso.
Sino porque desplaza el foco.
Cuando todo el problema queda colocado fuera (en la empresa, en el sistema, en el jefe) aparece una espera silenciosa: que algo o alguien cambie eso por mí.
Un nuevo liderazgo.
Una empresa distinta.
Un Amo “bueno” que ponga orden.
El alivio es inmediato.
La identificación, masiva.
Pero el fondo del problema sigue intacto.
Porque hay un punto, siempre lo hay, en el que la explicación se agota y empieza una decisión que nadie puede tomar por nosotros.
Ahí ya no hay culpables claros.
Hay un precio.
Y la pregunta incómoda es si estamos dispuestos a seguir pagándolo.
No para justificar el abuso.
No para negar el daño.
Sino para recuperar algo que ningún sistema puede devolvernos: la parte de responsabilidad que sí nos pertenece.
❓ ¿Te has reconocido en este texto?
👉 Si sabes que el entorno no va a cambiar a corto plazo, ¿qué decisión estás evitando tomar tú… y qué te está costando seguir evitándola?
Si esta pregunta te incomoda, probablemente es por ahí.
Javier Santos Fernández
Del Inconsciente al éxito

